Resulta increíblemente triste darse cuenta como hace falta que alguien muera para reunir a una familia, me resulto mucho mas triste llegar a su velorio y encontrar solamente una persona, dormida, claro que después fueron llegando como a cada uno sus posibilidades se lo permitieron otros, conforme el miedo fue cesando y disidieron aparecer. Las sensaciones vinieron a borbotones, de todas formas, colores y sabores, el ver a tanta gente después de tanto tiempo me produjo un sin fin de sentimientos, la mayoría de ellos buenos a diferencia de lo que creía antes de llegar, tíos, tías, primos, primas, de todo hubo y aunque para la mayoría no seria una ocasión para disfrutar, yo la pase muy bien compartiendo con algunos cosas que me hacia falta compartir, la sensación de estar de vuelta entre esa parte de mi familia me remonto a otros tiempos, el ver tan distintos a la mayoría de los que deje de ver cuando aun seguían siendo niños y lo mejor, deleitarme analizando como cada uno fue y va formando su propia personalidad y con cuales me identifico mas, no fue difícil hacerlo bien y rápido, al instante supe con quien congeniaría y con quien no lo haría, así fue.
La muerte desde hace mucho no ha sido tan complicada ante mis ojos, creo que el egoísmo de los que se quedan es lo único que duele, después de eso no encuentro razón para estar triste, solo es un viaje y muchos no quieren darse cuenta de eso, la noticia no me impacto, todos la esperábamos en cualquier momento y sentí un enorme alivio por ella al saber que el dolor había terminado y su duelo con el terrible miedo que le daba partir había concluido, me sentí feliz, no pude evitarlo y se que muchos no me entienden, pero yo la entendí a ella, sin poder hablar ni moverse agonizando en esa cama me dijo mucho y en verdad, sentí felicidad por ella, perdonarla fue una liberación para ambos.
Decir adiós puede tener muchos significados, direccionar esa palabra no es cosa fácil, puede esconder mucho de tras fondo, no se cuanto escondiste tu. Tienes idea de cuando escondí yo?...
Un adios
Publicado por Ricardo Avila en 11:47
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